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El emperador de China de Marco Denevi

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo- Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador. 
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

Marco Denevi

Fuego




Era la noche del dios nacido
y de sus santos que conspiraron
y se reunieron bajo la rueda
y maldijeron entre murmullos
que  conjuraban la nueva era
que ardió en silencio desde las llamas
de la condena de un solo hombre
que  fue nombrado como  tirano
y en su memoria se combatieron
y se mataron y se vengaron
y  levantaron en el desierto
un templo santo de hombres de hierro 
que bendecían y consagraban
a la leyenda en el imperio
de los espejos que revelaron
los otros templos que persiguieron
esa verdad de letra ostentosa
y  persignada  de traidores
que le entregaban al rey eterno
aquella Roma
aquel incendio