Una anécdota de Conan Doyle

Sir Arthur Conan Doyle, el popular creador de Sherlock Holmes, disfrutaba gastándole a sus amigos bromas pesadas. Un día envió doce telegramas a doce amigos suyos, todos ellos personas importantes y de bastante poder. El telegrama decía “Huye inmediatamente, han descubierto tu secreto”. En menos de 24 horas los doce habían abandonado el país.

Las puertas de los sueños

Es cierto que es común encontrar a quien le moleste el hecho de haberte tomado como un maestro, pero esas molestias las ignoro, pues sé muy bien que son para la persona que has sido y eso no tiene ningún interés para mí. En cambio, yo sí retruco con la necesidad de recorrer tus tierras de promesas y de aventuras. Conoces el camino, puedes llevarnos hasta las puertas salvajes y descontroladas de los sueños. Cuando esto ocurra, me preguntaré si en realidad eras un héroe o un ángel triste que se perdió junto a Dante y a Virgilio en los abismos. Pero siempre vuelvo a encontrarte, del otro lado, con tu sombra proyectada en los círculos danzarines de la cámara del tiempo.
¡Te admiro! Por tu amor al navegante y por las antiguas canciones apasionadas de barbarie. Las prisiones de Babilonia son sombrías, pero sabemos bien que en lo profundo del corazón se ocultan prisioneros los deseos del harem. ¿Hablabas también de Istubar? ¿Te consternaba pensar que el pasado y el futuro le pertenecieran?
Otras vidas, otras suertes de perseguidores y perseguidos repiten incansablemente esta cruel ironía.

El corazón de la piedra

Arturo, el mítico Rey de Camelot, aquel legendario héroe del que se siguen contando hazañas también fue alguna vez un niño sin padres. En esos tiempos duros de descubrimiento, un gran mago le sirvió de guía para alcanzar el poder. Y una nación cantó sus glorias y sus batallas. Y los campos se llenaron de hombres que cabalgaban en los confines al compás de metales tintineantes de guerra y de triunfo. Y fue nombrado el Señor de todas las Tierras. Pero de entre esas leyendas, ninguna fue tan gloriosa como la de aquel niño tembloroso que soñaba justicia.
Aquellas noches vacías, nada le quedaba. Pero aun así sabía que en las estrellas había un padre que lo guiaba y lo protegía. Y fue su sombra la que vagó eterna hasta al fin encontrarlo. Entonces apretó los ojos y prometió no derramar ni una lágrima porque su destino era ser fuerte. Y así juró nunca olvidar y estar siempre de parte de los que sufren. Y se acercó a la piedra que prometía el fracaso y la burla, pero su deseo fue más fuerte.Desde lo hondo una llama le precedió con bendiciones hacia la roca y tembló el universo. Tembló y lloró.
La espada de la realidad sagrada y del tiempo había escogido nuevamente a un amo. Y se hizo la grieta y se elevó hacia los cielos. Desde aquel día, el niño supo que jamás volverá a ser lo mismo.